jueves, 17 de marzo de 2011

No Existe el Amor - Love does not exist

(Fauno y la Bacante banquete Eduardo, escultura realizada por el escultor ecuatoriano, Luis Veloz, es inspirado en la visita que hiciera a Guayaquil, la danzarina española Tórtola Valencia, quien entre 1922 y 1930 dio presentaciones en los teatros Olmedo y Edén. Por la sensualidad de la bailarina, se evoca uno de los mitos más antiguos de la humanidad, que tiene como principal elemento el sensual desnudo de una bacante en éxtasis, que en la antigua Roma, eran mujeres adoradoras del dios Baco, el dios del vino y que participaban de los llamados bacanales, que se apoya sobre un sonriente dios Fauno, el dios romano de los campos y los pastores. Obra trabajada en mármol de carrara. Destaca en la composición formal del conjunto escultórico, la imagen del Fauno con la forma de un “término”, palabra que en artes plásticas se refiere al apoyo que termina por la parte superior en una cabeza humana.Parque Alameda Quito 1918)
- No conozco el amor. – indicó pensativa
- Ha de ser que no existe… – concluyó contundente
- Quien se entrega a cualquier emoción compulsiva
asegura que todo mejoró de repente.

- El amor – insistía – es un trágico invento
donde se hunde quien ama en un mar de tristeza
y no puede olvidar ese atroz sentimiento
que se ama tan sólo a quien tiene belleza.

Me dejó sin palabras ante tal argumento.
No era amor si podía en sus ojos perderme.
No era amor su caricia. No era amor, era el viento.
No era amor si creía que empezaba a quererme.

- Y la gente se engaña – me decía enojada
porque piensa que amor es un bello final
que un poeta escribió una noche estrellada.
Solo existe el amor en un sueño casual.

Pero entonces cesaron sus ataques al mito,
se rindieron sus tesis a una nueva emoción
observando la pluma con que ella había escrito
sin querer nuestros nombres dentro de un corazón.

“I don’t know love,” she said, thoughtful.  
“It must be that it does not exist,” she declared.  
Whoever surrenders to compulsive emotion  
claims that everything suddenly is repaired.  

“Love,” she insisted, “is a tragic invention,  
where the one who loves sinks in a sea of sorrow,  
unable to forget that cruel affliction,  
loving only those adorned with beauty’s glow.”  

Her argument left me without reply.  
It was not love if I could lose myself in her eyes.  
It was not love, her caress—it was the wind.  
It was not love if I thought she began to love me.  

“And people deceive themselves,” she said in anger,  
“believing love is a beautiful ending,  
a poet’s dream beneath a starry night.  
Love exists only in a casual dream.”  

But then her attacks on the myth fell silent,  
her theses surrendered to a new emotion,  
as she gazed at the pen with which she had written—  
unwittingly, our names inside a heart.

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